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jueves 20 de noviembre de 2008

Ya no veo televisión

Desde hace varios meses no veo televisión. Afortunadamente, no es el resultado de una limitación física de mi parte o de haber perdido la visión o de un trastorno en mi contacto con la realidad.

El cuento largo corto es que soy inquilino en un modesto edificio de tres pisos. Varios de los inquilinos disfrutábamos el servicio privado de televisión por cable, pero la compañía de cable entendió que la instalación del servicio era digamos ‘sospechosa’. La propietaria del edificio logró aclarar el asunto con la compañía, pero el resultado de los cambios para ‘normalizar’ la situación fue que, de un tirón, me quedé sin la soga (o sea, sin cable), pero conservé la cabra (o sea, el televisor).  Lo curioso es que semanas antes había comprado el televisor para sustituir el que tenía dañado. Compré el nuevo televisor preparado para recibir las señales digitales que las estaciones de TV transmitirán a partir de febrero de 2009, gracias a la FCC USA. Ahora tengo un televisor digital muy bonito el cual no tiene conexión para recibir señales. ¿Ironías del destino?

Me gustan las ironías, mas no creo en el destino. La idea de una fuerza sobrenatural que determina las vidas de las personas, a menudo en forma trágica o fatal, me parece una explicación que omite el cómo vamos creando condiciones con nuestras acciones y cómo éstas repercuten sobre uno mismo y sobre los otros. Tal vez los conceptos de ‘destino’, ‘karma’ y sincronía’ tengan una raíz común, pero esto ya es asunto de filósofos y teólogos.

Sí puedo concluir que las cosas y los eventos surgen porque hay condiciones para ello y esto resulta en efectos. Y un efecto inmediato de no tener el servicio privado de TV es que perdí la conexión a los más de 100 canales de televisión por cable y a las señales de los canales nacionales. Se acabó la BBC, el Food Network, Comedy Central, Discovery, TV Española, CNN, WAPA-TV y otros tantos canales.

Otro efecto fue que tuve que reconocer una realidad: la adicción de tantos años a la televisión. Ante el nuevo panorama de no poder sintonizar ningún canal, estuve inquieto, rayando en la molestia y el enojo, claros síntomas de retirada. Mi cuerpo y mi psiquis ya no podrían mantener un consumo compulsivo de suficientes ondas televisivas. La posibilidad que el destino sí colara esta  fatalidad en mi vida me hizo sudar.

Ya no podría acostarme en mi cama con el remoto, y en forma monótona, cambiar de un canal a otro.  Estoy seguro que muchos conocen de esto; vas del canal 2 al canal 4, del 4 al canal 6, del 6 al canal 17, del 17 al 19, del 19 al 22 … y completado el “scanning”, descansas, vas a la cocina, traes algo de comer, y continuas donde quedaste o empiezas de nuevo.  La comida y la televisión se conjugan (¿o conjuran?) en un efecto adormecedor, de pasividad embotada.

¿Qué iba hacer ahora cuándo estuviese aburrido como una ostra? ¿Iría a la vecina a pedir un poco de televisión? Me imagino el diálogo: “Hola vecina, perdone la molestia”     “¿Sí? ¿En que puedo ayudarle? (mirándome con el ceño fruncido por haberla interrumpido justo en el momento en que el galán de la telenovela confiesa su amor a la pobre empleada doméstica)”     “Pues..., resulta que tengo un serio bajón de televisión y si usted fuera tan amable de permitir que yo me sentara en su sala, al menos una hora, sólo una hora. No importa lo que usted esté viendo. No haré comentarios ni le pediré nada de la cocina. “    “¿Queeeé? ¿Qué te metiste  al cuerpo  so  %$#?=)0&?” [Puerta se cierra con un sonido equivalente a un trueno].

Sin el acceso a las señales mediáticas hubo una ruptura de conocimiento, un momento de iluminación. Brotó mi momento zen.

O, dicho de otro modo, vi la luz al final del tubo de la TV. 

¿Para qué sintonizar tantos programas huecos, sin sentido, aburridos y noticieros llanos?  ¿Para qué seguir tolerando el bombardeo de anuncios y anticipos de telenovelas con el mismo libreto recalentado, sexista y clasista, cuando hay tantas y tantas buenas películas y documentales? Aunque contadas son las veces, hay programas que merecen verse. Pero hasta donde alcanza mi experiencia televisiva – y como muchas otras personas, llevo años viendo televisión -- la mayoría de los noticiarios y programas hoy en día realmente no valen la pena.

Es posible que poca gente crea que ahora solo enciendo la TV para ver una película o un documental en DVD que yo he elegido. Me han preguntado si he visto tal o cual programa en tal o cual canal, y respondo que no, porque no veo televisión. Con mirada incrédula me dicen ¿Queeeeeé?.... ¿Que no ves televsiooón? Y paso a explicar, en forma abreviada, lo que ya expliqué antes.

Por opción, mi obsesión por el Internet ha crecido y su uso compulsivo se ha integrado a mi vida diaria. Tengo un temor, sin embargo. En un futuro no muy distante, cuando las tecnologías de comunicación a distancia estén integradas en un solo impulso de Internet, temo tener que echar a un lado esta opción por las mismas razones que he marginado la televisión de mi vida.

Pero por lo pronto, no voy a pensar en eso. Sigo alquilando DVD’s de películas y documentales para así descubrir y redescubrir  narrativas, imaginar otras historias y satisfacer la mirada en otras imágenes. Con las 185 películas que tengo en lista he calculado que, al menos durante los próximos 2 años y 6 meses, estaré ocupado.

He sustituido una adicción por otra. Soy feliz.